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David Tenorio
Las redes sociales actúan como un tribunal público implacable. La diputada federal por el Partido del Trabajo (PT), Diana Karina Barreras, ha protagonizado un episodio que ilustra a la perfección cómo una mala estrategia de comunicación puede transformar una crisis en un desastre reputacional irreversible. Lo que comenzó como una demanda por violencia política de género contra una ciudadana común, Karla Estrella Murrieta, ha derivado en un escándalo nacional que expone no solo los excesos del poder, sino también la fragilidad de una imagen pública construida sobre castillos de aire.
Recordemos los hechos: en 2024, Estrella publicó un tuit cuestionando la elección de Barreras como diputada, insinuando que su ascenso se debía más a su matrimonio con el morenista Sergio Gutiérrez Luna que a méritos propios. Barreras, invocando la figura de violencia política de género, demandó y ganó en todas las instancias, culminando en una sentencia del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) que obligaba a Estrella a publicar disculpas públicas diarias durante 30 días, pagar una multa, asistir a un curso de perspectiva de género y ser inscrita en el Registro Nacional de Personas Sancionadas por Violencia Política hasta 2027. Esta medida, calificada por muchos como un abuso censor, desató una oleada de indignación en redes, donde el hashtag #DatoProtegido —derivado de la protección judicial al nombre de Barreras— se volvió viral.
Aquí es donde entra en juego la estrategia de comunicación de Barreras, que pretendía cooptar las críticas posicionándose como víctima de una “campaña de desinformación” y defendiendo los derechos de las mujeres. Sin embargo, una disculpa efectiva no basta que sea con palabras; requiere reconocer el error, mostrar arrepentimiento genuino y, sobre todo, ofrecer una enmienda que repare el daño causado. Barreras, en cambio, optó por una disculpa pública que suena más a defensa que a contrición. En un video reciente, pidió perdón a sus votantes y al movimiento por el “daño” de las críticas a su estilo de vida lujoso —bolsos, y ropa de miles de pesos, viajes y acceso a la Fórmula 1—, pero lo atribuyó todo a “mentiras y exageraciones”, negando los costos reales y deslindándose de cualquier responsabilidad. Su esposo, Gutiérrez Luna, reforzó esta narrativa al calificar un boleto de F1 como “cortesía sin valor”, lo que solo avivó las burlas en redes.
Tras una crisis de esta magnitud, nada queda igual, y el objetivo debe ser minimizar daños, no negarlos. Barreras, al insistir en su victimización sin enmendar —por ejemplo, sin transparentar sus finanzas o retirar la demanda excesiva—, convirtió su disculpa en “vanas palabras” que no convencen a nadie. Peor aún, su intento de cooptar críticas al apelar a la sororidad y la lucha feminista se volvió contraproducente: la presidenta Claudia Sheinbaum, en una mañanera, la regañó públicamente, recordando que “el poder es humildad, no soberbia” y que exigir disculpas por 30 días es un “exceso”. Esto no solo aisló a Barreras dentro de su propio movimiento, sino que la expuso como ejemplo de autoritarismo disfrazado de justicia de género.
En redes, la estrategia implosionó. Lo que pretendía ser una contención de daños generó miles de posts irónicos, memes y tendencias que la ridiculizaron, desde acusaciones de censura hasta exposiciones de su vida opulenta.
Barreras misma reconoció el “costo” de defender derechos femeninos, pero omitió que el verdadero precio lo pagan las ciudadanas como Estrella, humilladas por opinar. Al final, su petición al TEPJF para reconsiderar la sanción —diciendo que “una disculpa fue suficiente” y que no necesitaba ser pública— llegó tarde y sonó a retroceso forzado, no a convicción.
El perdón sin enmienda es inútil, ya que la credibilidad radica en hechos coherentes que demuestren cambio.
Barreras no ofreció eso; en su lugar, profundizó la brecha con el público, recordándonos que en la era digital, las estrategias de imagen deben ser proactivas y auténticas, no reactivas y defensivas.
Su caso es una lección: intentar cooptar críticas con disculpas huecas solo las multiplica, y el daño a la reputación — ese “patrimonio invaluable”— puede ser permanente. En política, como en la vida, el verdadero perdón no se pide; se gana con acciones.
X @David_Tenorio