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La vieja y muy citada sentencia usada en política y que sobrevivió al presidencialismo, a la alternancia y a las redes sociales; la pronunció Fidel Velázquez y, con el paso del tiempo, terminó convertida en ley no escrita del sistema: “El que se mueve no sale en la foto”.
La frase, por supuesto, no habla de inmovilidad. Habla de tiempos. El arte de entender los tiempos.
En Hidalgo comienzan a multiplicarse las señales anticipadas. Los aspirantes visibles y los aspirantes de ocasión; los que verdaderamente construyen y los que confunden la notoriedad con el liderazgo; los que creen que una fotografía en las redes, una entrevista a modo, convivios futboleros, una filtración o una campaña prematura bastan para instalar una candidatura. Como si el porvenir pudiera decretarse por voluntad propia y no por la compleja aritmética del poder.
La historia enseña exactamente lo contrario.
En el viejo régimen y también en la era de Morena, los adelantados rara vez llegan. La ansiedad suele ser una mala consejera y la sobreexposición un error estratégico. Porque cuando la función pública deja de ser servicio para convertirse en promoción personal, los actores terminan hablando más de sí mismos que de los problemas que la sociedad exige resolver.
Hidalgo no es la excepción.
Mientras algunos parecen más preocupados por aparecer en la conversación sucesoria que por cumplir con las responsabilidades del presente, la administración estatal todavía tiene más de dos años por delante. Y la prioridad sigue siendo una sola, consolidar resultados y preservar la cohesión interna.
No es casualidad. Morena ha construido buena parte de sus victorias sobre una premisa elemental, las candidaturas no son patrimonio personal ni resultado de la impaciencia, sino consecuencia de las decisiones políticas que emanan de los liderazgos reales. Y, en Hidalgo, ese liderazgo tiene nombre y apellido.
Julio Menchaca no solamente encabeza el gobierno estatal; es el referente político de la transformación hidalguense y el principal activo del morenismo en la entidad. Su influencia en la definición del futuro político del estado es un hecho evidente, derivado del peso institucional y político que ejerce como gobernador, uno de los mejor evaluados a nivel nacional.
Por eso resulta prematuro y hasta ingenuo asumir que las candidaturas se construyen mediante fuegos artificiales o campañas disfrazadas.
La forma de hacer política ha cambiado, pero no ha abolido una verdad elemental, los vacíos de poder no existen. Y mientras haya un liderazgo fuerte y un proyecto vigente, las prisas suelen ser más un síntoma de ansiedad que una muestra de fortaleza.
El verdadero zoon politikón entiende que nada debe adelantarse; los tiempos son exactos.
Los más veteranos, aquellos que han visto pasar generaciones enteras de aspirantes, sonríen cuando observan la efervescencia prematura de quienes ya se sienten en la boleta.
Porque conocen una verdad que el statu quo se ha encargado de confirmar una y otra vez.
La fotografía definitiva nadie absolutamente nadie, que no sea quien despacha en el cuarto piso, la adelanta y mucho menos la decide.
Y cuando llegue el momento, más de uno descubrirá que moverse demasiado, lejos de acercarlo al objetivo, terminó por dejarlo fuera del encuadre.
De mi tálamo: